La Teoría de la Educación versus el Arte de Educar

* Por José Ramírez F.

Si en la época contemporánea la técnica es la forma universal de la producción material de la vida, es por que los hombres nacemos en un marco ideológico dado, que no es otra cosa, que la forma de pensar cómo pensamos y esta forma de pensar lo que pensamos, no nos permite cuestionar nuestra forma de pensar, puesto, que no nos entrega herramientas para desarmar la estructura de nuestro pensamiento ni para preguntarnos: ¿a que se llama pensar?

Algunas referencias pertinentes:
Nietzsche, ve lo que ningún otro supo advertir: la confabulación que Platón, los judeocristianos luego, los temerosos de vivir, los cobardes, los resentidos, los hombres teóricos todos, hasta Hegel, habían urdido en torno a la Verdad y en perjuicio de los hombres sobrados de fuerzas y pasión.

Aquellos hombres con miedo a vivir, a incursionar en el oscuro interior de sus instintos, idearon el gran artificio de Occidente, la más descomunal de sus mentiras: La Verdad. Platón representa el triunfo de la pura racionalidad, entregada a la sola especulación teórica, olvidada de los deleites del mundo concreto y sensible. Debemos a Nietzsche la recuperación del antiguo “equilibrio” entre la belleza y el horror, el orden y el caos, la luz y la noche, el principio de individuación y la embriaguez centrífuga del instinto; entre, en definitiva, lo apolíneo y lo dionisiaco.

Karl Marx nos invita a horadar en la maraña de la superestructura ideológica que emana de nuestra sociedad, a escindir el velo de valores morales, estéticos o religiosos que los intereses de la minoría nos imponen, no está haciendo otra cosa, que proponernos otro modo de interpretar la realidad. Asistimos a la destrucción de la vieja realidad. En verdad, la contienda se libra en contra de la realidad conceptual, de la realidad especulativa: pero como todo modelo alternativo a la razón es también racional, las contradicciones se apoderan de los nuevos paradigmas.

En Viena, desde 1900 en adelante, el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, se rinde a la tarea de dejarnos bien claro que aquello que lleva las riendas de nuestra vida no es la pequeña parcela consciente de nuestra mente, sino todos esos engranajes borrosos que asedian nuestro entendimiento. El subconsciente adquiere de esta forma, un inesperado cariz dominante. Los miedos inexplicados, los deseos ocultos, las fobias, las manías, las obsesiones, los complejos, los sueños, los lapsus: la irracionalidad de nuevo. Nada, ni el arte, puede resistirse a la fuerza devastadora del psicoanálisis; recuerdos de infancia o sentimientos parricidas, son los verdaderos motores de las obras de Da Vinci, Goethe o Dostoievski.

La cultura está engendrada a base de ficciones, y los críticos al interpretar unas ficciones crean otras nuevas. La crítica de la cultura, nada más es llevada a cabo, se convierte automáticamente ella misma en cultura.

Heidegger -y en esto podemos ver coincidencia con nuestros restantes críticos- intenta poner en crisis toda la tradición occidental que ha venido pensando al ser como presencia, propone el estudio del no-origen del lenguaje, y por tanto de la diferencia originaria, que nada tiene que decir salvo su propio “juego” continuo; propone que del texto entendamos no lo que dice, sino lo que no dice pero a lo que se refiere; propone la validez cognoscitiva de la metáfora.

También Foucault, habla desde la “mirada de reojo” para “ver” la carencia de ser que constituye la realidad; y entiende que la ficción consiste “no en hacer ver lo invisible, sino en hacer ver hasta qué punto es invisible la invisibilidad de lo visible”.

Derrida, lleva todo esto a sus últimas consecuencias: si la diferencia es la que posibilita toda comunicación posible, ésta no se puede reducir a ninguna presencia, y la diferencia se convierte por tanto, en la nueva estructura profunda. Sólo que Derrida no habla de estructura, sino más bien de una teoría probabilística, una “teoría de los juegos”, que permita saber lo que podría suceder allí donde no hay ninguna estructura determinada. Aprehender lo irracional con una estructura concreta sería disparatado, por eso al no-origen se llega mediante el juego.

En el texto de Heidegger: “Poéticamente habita el hombre” se pregunta: “Entonces, ¿quién, de entre los que reflexionan, puede pretender explicar, desde unas alturas un tanto cuestionables, que el habitar y el poetizar sean incompatibles? Y se responde…. Quizás sean compatibles los dos. Más aún, quizás ocurre incluso que el uno entraña al otro, de modo que éste, el habitar, descanse en aquél, lo poético. Pero si suponemos tal cosa, entonces lo que se nos está exigiendo es, por difícil que nos parezca, que pensemos el habitar y el poetizar desde su esencia. (Para Heidegger, la esencia del hombre consiste en hacerse comprender como ser ahí, en tanto que existencia). Si no nos cerramos a esta exigencia, entonces, a aquello que normalmente se le llama la existencia del hombre lo pensaremos desde el habitar. Ahora bien, lo que estamos haciendo con esto, es abandonar la representación que habitualmente tenemos del habitar. Cuando Hölderlin habla del habitar, está mirando el rasgo fundamental del estar del hombre. Pero lo «poético» lo ve él, desde la relación con este habitar entendido de un modo esencial.

Esto, ciertamente, no significa que lo poético sea un adorno y un aditamento del habitar. Lo poético del habitar no quiere decir tampoco sólo que lo poético, de alguna u otra forma, ocurra en todo habitar. Las palabras: «… poéticamente habita el hombre…» dicen más bien esto: el poetizar es lo que antes que nada deja al habitar ser un habitar. Poetizar es propiamente dejar habitar. Ahora bien, ¿por qué medio llegamos a tener un habitáculo? Por medio del edificar. Poetizar, como dejar habitar, es un construir. De este modo estamos ante una doble exigencia: primero pensar lo que denominamos la existencia del hombre desde la esencia del habitar; luego pensar la esencia del poetizar en tanto que dejar habitar como un construir, incluso como el construir por excelencia. Si buscamos la esencia de la poesía desde la perspectiva de la que acabamos de hablar, llegaremos a la esencia del habitar.

Ahora bien, ¿de dónde nosotros, los humanos, tenemos noticia sobre la esencia del habitar y del poetizar? ¿De dónde es que el hombre toma la interpelación de llegar hasta la esencia de una cosa? El hombre sólo puede tomar esta interpelación de allí de donde él la recibe. La recibe de la exhortación del lenguaje. Ciertamente, sólo cuando presta atención, y mientras presta atención, a la esencia propia del lenguaje. Pero mientras tanto, a la vez incontrolada y diestra, por el globo terráqueo se desata una carrera desbocada de palabras habladas, escritas y emitidas por los medios de comunicación. El hombre se comporta como si fuera el forjador y el dueño del lenguaje, cuando es éste, y lo ha sido siempre, el que es señor del hombre. Cuando esta relación de señorío se invierte, el hombre cae en extrañas maquinaciones. El lenguaje se convierte en medio de expresión. En tanto que expresión, el lenguaje puede descender a mero medio de presión. Que incluso en este uso del lenguaje se cuide la manera de hablar está bien. Sólo que esto, a pesar de todo, no nos servirá nunca para salir de esta inversión de la relación de dominio, entre el lenguaje y el hombre. Pues en realidad quien habla es el lenguaje. El hombre habla, antes que nada y solamente, cuando corresponde al lenguaje, cuando escucha 1ª exhortación de éste. De entre todas las exhortaciones que nosotros, los humanos, podemos llevar al lenguaje, el lenguaje es la primera de todas. El lenguaje es lo primero, y también lo último, que con una seña dirigida a nosotros, nos lleva a la esencia de una cosa. Sin embargo, esto no quiere decir nunca que el lenguaje, con el significado de cualquier palabra que cojamos, de un modo directo y definitivo, como si se tratara de un objeto listo para ser usado, nos suministre la esencia transparente de la cosa, directa y definitivamente, como si de un objeto de uso se tratara. Pero el corresponder en el que el hombre propiamente escucha la exhortación del lenguaje, es aquel decir que habla en el elemento del poetizar. Cuanto más poético es un poeta, tanto más libre, es decir, más abierto y más dispuesto a lo insospechado es su decir; de un modo más puro confía lo dicho a la escucha, siempre más atenta; tanto más lejano es lo dicho por él del mero enunciado con el que tratamos sólo en vistas a su corrección o incorrección”.

El fragmento de obra antes citada en la que Heidegger hace interpretación de los poemas de Hölderlin, se observa que los textos, incluyendo las obras que versan sobre otras obras, se entrecruzan, se construyen y desconstruyen una y otra vez los unos a los otros. De la lectura y la escritura farragosas, de la interpretación de los márgenes, de la creación de nuevas posibilidades ficticias, de la postulación de sentidos apócrifos, del análisis claro y del oscuro, de la metáfora válida y de la inválida, de lo que puede y no puede ser dicho.

A finales del siglo XX parece que la contienda cognoscitiva no ha hecho más que desplegar su logística, la última orden ha sido la de asediar todo lo asediable, y luego retomar lo ya tomado, y los caminos, y las hondonadas, y los fondos abisales, y así mientras se pueda. El propio texto del cual ahora ustedes están leyendo las últimas líneas es una crítica de críticas de críticos, una vuelta de tuerca más, otra reinterpretación, otra posibilidad de decir lo mil veces dicho, otra deconstrucción posiblemente más desatinada que acertada, una más.

El hombre está arrojado a un mundo que le surte de una cultura y un lenguaje determinados, que delimita y manipula su conocimiento de la realidad. Ésta no surge de la subjetividad, no es original de cada hombre particular, sino que está condicionada históricamente.

Finalmente las herramientas para desarmar el modo de pensar como pensamos podrían venir de la mano de la pedagogía crítica que es una propuesta de enseñanza que intenta ayudar a los estudiantes a cuestionar y desafiar la dominación y las creencias y prácticas que la generan. En otras palabras, es una teoría y práctica (praxis) en la que los estudiantes alcanzan una Conciencia crítica.

En esta tradición, el maestro trabaja para guiar a los estudiantes a cuestionar las teorías y las prácticas consideradas como represivas (incluyendo aquellas que se dan en la propia escuela), animando a generar respuestas liberadoras tanto a nivel individual como colectivo, las cuales ocasionen cambios en sus actuales condiciones de vida.

A menudo el estudiante inicia cuestionándose a sí mismo como miembro de un grupo o proceso social (incluyendo religión, identidad nacional, normas culturales o roles establecidos). Después de alcanzar un punto de revelación, en el que empieza a ver a su sociedad como algo profundamente imperfecto, se le alienta a compartir este conocimiento en un intento de cambiar la naturaleza opresiva de la sociedad.

*José Ramírez F. es Profesor y Licenciado en Artes

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